Hoy, algo cambió.
No sé si fueron sus gestos o mi mirada, pero esa incomodidad que tantas veces me encerraba en silencio se disolvió como humo. Ya no sentí la necesidad de defenderme, ni la tentación de huir.
En lugar de distancia, tuve cercanía. Ella extendió su mano y la apoyó sobre la mía, con esa suavidad que no necesita palabras. Y después me abrazó. Un abrazo simple, cálido, que me devolvió el equilibrio. No hubo reproches, ni frases punzantes: solo cariño. Y ese gesto bastó para recordarme por qué estoy aquí.
Hoy no hubo rechazo. Sus palabras, en vez de herirme, se hicieron puente. Descubrí que cuando dejo de escuchar con temor, encuentro ternura hasta en su forma más brusca de decir las cosas. Y entonces, todo lo que antes parecía una espina se volvió raíz.
No quise huir. No pensé en volar lejos. Al contrario, me descubrí agradeciendo este lugar, este instante, este presente que compartimos. Aquí está mi felicidad, no porque sea perfecto, sino porque es verdadero.
Sí, la amo. Y no importa la velocidad con que todo sucedió: lo profundo no se mide en tiempo, sino en intensidad. Ella me abrió su mundo, me mostró lo más valioso de sí, y yo entendí que no era un paso superficial, sino una entrega real.
Nada se tiñó de gris esta vez. Fue como si la luz hubiera atravesado las grietas, dándome certeza de que lo nuestro no se desmorona tan fácilmente.
Hoy comprobé que el amor también sabe reparar, y que, si se sostiene con paciencia, la fragilidad se convierte en fortaleza. Y en ese momento, supe que no quería estar en ningún otro lugar que no fuera este: a su lado.
Jorge
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