La vi por primera vez. Sin saber que ese instante iba a empezar a medir el tiempo de otra forma.
15 de julio.
Me habló. Apenas. Como quien deja caer una pista sin revelar el mapa.
Más tarde, en la noche, su voz escrita volvió y entonces todo lo que estaba disperso comenzó a ordenarse.
Desde ahí, las horas aprendieron a esperar en mensajes.
Seguimos hablando.
Por WhatsApp, sí, pero también por ese lugar invisible donde uno empieza a reconocer al otro sin haberlo tocado todavía.
18 de julio.
Salimos.
Y el mundo, sin aviso, bajó el volumen.
Los días siguientes no pasaron: se estiraron. Como si supieran que algo estaba por volver a ocurrir.
21 de julio.
Perdí el control. No por debilidad, sino por exceso de sentir.
Un audio suyo —breve, sereno— me sostuvo.
Me devolvió los pies a la tierra sin quitarme el cielo.
22 de julio.
La vi en clases.
Después nos encontramos.
Hice lo imposible por contenerme y aun así no pude: le regalé una rosa, como se entregan las cosas que ya no saben volver atrás.
28 de julio.
Por fin volveré a verla. Le compré liliums.
Porque hay presencias que no se reciben con palabras, sino con gestos que dicen te estuve esperando antes de que el cuerpo lo confiese.
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